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martedì 30 agosto 2011

Discurso que tendría éxito

Señores:

Aspiro a ser diputado, porque aspiro a robar en grande y a "acomodarme" mejor.

Mi finalidad no es salvar al país de la ruina en la que lo han hundido las anteriores administraciones de compinches sinvergüenzas; no, señores, no es ese mi elemental propósito, sino que, íntima y ardorosamente, deseo contribuir al trabajo de saqueo con que se vacían las arcas del Estado, aspiración noble que ustedes tienen que comprender es la más intensa y efectiva que guarda el corazón de todo hombre que se presenta a candidato a diputado.

Robar no es fácil, señores. Para robar se necesitan determinadas condiciones que creo no tienen mis rivales. Ante todo, se necesita ser un cínico perfecto, y yo lo soy, no lo duden, señores.
En segundo término, se necesita ser un traidor, y yo también lo soy, señores. Saber venderse oportunamente, no desvergonzadamente, sino "evolutivamente". Me permito el lujo de inventar el término que será un sustitutivo de traición, sobre todo necesario en estos tiempos en que vender el país al mejor postor es un trabajo arduo e ímprobo, porque tengo entendido, caballeros, que nuestra posición, es decir, la posición del país no encuentra postor ni por un plato de lentejas en el actual momento histórico y trascendental. Y créanme, señores, yo seré un ladrón, pero antes de vender el país por un plato de lentejas, créanlo..., prefiero ser honrado.
Abarquen la magnitud de mi sacrificio y se darán cuenta de que soy un perfecto candidato a diputado.

Cierto es que quiero robar, pero ¿quién no quiere robar? Díganme ustedes quién es el desfachatado que en estos momentos de confusión no quiere robar. Si ese hombre honrado existe, yo me dejo crucificar. Mis camaradas también quieren robar, es cierto, pero no saben robar. Venderán al país por una bicoca, y eso es injusto. Yo venderé a mi patria, pero bien vendida. Ustedes saben que las arcas del Estado están enjutas, es decir, que no tienen un mal cobre para satisfacer la deuda externa; pues bien, yo remataré al país en cien mensualidades, de Ushuaia hasta el Chaco boliviano, y no sólo traficaré el Estado, sino que me acomodaré con comerciantes, con falsificadores de alimentos, con concesionarios; adquiriré armas inofensivas para el Estado, lo cual es un medio más eficaz de evitar la guerra que teniendo armas de ofensiva efectiva, le regatearé el pienso al caballo del comisario y el bodrio al habitante de la cárcel, y carteles, impuestos a las moscas y a los perros, ladrillos y adoquines...

¡Lo que no robaré yo, señores! ¿Qué es lo que no robaré?, díganme ustedes. Y si ustedes son capaces de enumerarme una sola materia en la cual yo no sea capaz de robar, renuncio "ipso facto" a mi candidatura...

Piénsenlo aunque sea un minuto, señores ciudadanos. Piénsenlo. Yo he robado. Soy un gran ladrón. Y si ustedes no creen en mi palabra, vayan al Departamento de Policía y consulten mi prontuario.
Verán qué performance tengo. He sido detenido en averiguación de antecedentes como treinta veces; por portación de armas -que no llevaba- otras tantas, luego me regeneré y desempeñé la tarea de grupí, rematador falluto, corredor, pequero, extorsionista, encubridor, agente de investigaciones, ayudante de pequero porque me exoneraron de investigaciones; fui luego agente judicial, presidente de comité parroquial, convencional, he vendido quinielas, he sido, a veces, padre de pobres y madre de huérfanas, tuve comercio y quebré, fui acusado de incendio intencional de otro bolichito que tuve...

Señores, si no me creen, vayan al Departamento... verán ustedes que yo soy el único entre todos esos hipócritas que quieren salvar al país, el absolutamente único que puede rematar la última pulgada de tierra argentina... Incluso, me propongo vender el Congreso e instalar un conventillo o casa de departamento en el Palacio de Justicia, porque si yo ando en libertad es que no hay justicia, señores...

Con este discurso, lo matan o lo eligen presidente de la República.

Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas, Buenos Aires, 1933

sabato 6 agosto 2011

Palabras del autor

Con “Los lanzallamas” finaliza la novela de “Los siete locos”. Estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento. Escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana.
Digo esto para estimular a los principiantes en la vocación, a quienes siempre les interesa el procedimiento técnico del novelista. Cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal. Dios o el Diablo están junto a uno dictándole inefables palabras.
Orgullosamente afirmo que escribir, para mí, constituye un lujo. No dispongo, como otros escritores, de rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales. Ganarse la vida escribiendo es penoso y rudo. Máxime si cuando se trabaja se piensa que existe gente a quien la preocupación de buscarse distracciones les produce surmenage.
Pasando a otra cosa: se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias.
Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero, por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encara como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de sociedad.
Me atrae ardientemente la belleza. ¡Cuántas veces he deseado trabajar una novela que, como las de Flaubert, se compusiera de panorámicos lienzos…! Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados. El estilo requiere tiempo, y si yo escuchara los consejos de mis camaradas, me ocurriría lo que les sucede a algunos de ellos: escribiría un libro cada diez años, para tomarme después unas vacaciones de diez años por haber tardado diez años en escribir cien razonables páginas discretas.
Variando, otras personas se escandalizan de la brutalidad con que expreso ciertas situaciones perfectamente naturales a las relaciones entre ambos sexos. Después, estas mismas columnas de la sociedad me han hablado de James Joyce, poniendo los ojos en blanco. Ello provenía del deleite espiritual que les ocasionaba cierto personaje de “Ulises”: un señor que se desayuna más o menos aromáticamente aspirando con la nariz, en un inodoro, el hedor de los excrementos que ha defecado un minuto antes.
Pero James Joyce es inglés. James Joyce no ha sido traducido al castellano, y es de buen gusto llenarse la boca hablando de él. El día que James Joyce esté al alcance de todos los bolsillos, las columnas de la sociedad se inventarán un nuevo ídolo a quien no leerán sino media docena de iniciados.
En realidad, uno no sabe qué pensar de la gente. Si son idiotas en serio, o si se toman a pecho la burda comedia que representan en todas las horas de sus días y sus noches.
De cualquier manera, como primera providencia he resuelto no enviar ninguna obra mía a la sección de crítica literaria de los periódicos. ¿Con qué objeto? Para que un señor enfático entre el estorbo de dos llamadas telefónicas escriba para satisfacción de las personas honorables:
“El señor Roberto Arlt persiste aferrado a un realismo de pésimo gusto, etc., etc.”
No, no y no.
Han pasado esos tiempos. El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un “cross” a la mandíbula. Sí, un libro tras otro, y “que los eunucos bufen”.
El porvenir es triunfalmente nuestro.
Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes, frente a la “Underwood”, que golpeamos con manos fatigadas, hora tras hora, hora tras hora. A veces se le caía a uno la cabeza de fatiga, pero… mientras escribo estas líneas, pienso en mi próxima novela. Se titulará “El amor brujo” y aparecerá en agosto del año 1932.
Y que el futuro diga.

Roberto Arlt



Parole dell'autore

Con “I lanciafiamme” termina il romanzo “I sette pazzi”. Sono contento di aver avuto la volontà di lavorare, in condizioni abbastanza sfavorevoli, per terminare un'opera che esigeva solitudine e raccoglimento. Ho sempre scritto in redazioni rumorose, oppresso dall'obbligo della colonna quotidiana.
Dico questo per stimolare i principianti alla vocazione; si interessano sempre del procedimento tecnico del romanziere. Quando si ha qualcosa da dire, si scrive ovunque. Su un rotolo di carta o in una camera infernale. Dio o il Diavolo sono al nostro fianco per dettarci parole ineffabili.
Affermo con orgoglio che scrivere, per me, rappresenta un lusso. Non dispongo, come altri scrittori, di rendite, tempo o di un tranquillo impiego pubblico. Guadagnarsi la vita scrivendo è penoso e rude. Specialmente se, quando si lavora, si pensa che esistono persone alle quali la preoccupazione di trovarsi delle distrazioni provoca ulteriore fatica.
Passando ad altro: si dice di me che scrivo male. È possibile. In qualche modo, non avrei difficoltà a citare molte persone che scrivono bene e che sono lette solo dai membri delle loro famiglie.
Per fare dello stile, bisogna avere comodità, rendite, vite agiate. Però, in generale, le persone che godono di tali benefici evitano il fastidio della letteratura. Oppure la contemplano come un eccellente procedimento per distinguersi nei salotti di società.
Sono fortemente attratto dalla bellezza. Quante volte ho desiderato comporre un romanzo che, come quelli di Flaubert, fosse composto da tele panoramiche...! Ma oggi, tra il rumore di un edificio sociale che ineluttabilmente crolla, non è possibile pensare ai ricami. Lo stile richiede tempo, e se io ascoltassi i consigli dei miei compagni, mi accadrebbe quello che succede ad alcuni di loro: scriverei un libro ogni dieci anni, per prendermi poi una vacanza di dieci anni per averci messo dieci anni a scrivere cento ragionevoli discrete paginette.
Altra cosa: altre persone si scandalizzano per la brutalità con cui esprimo certe situazioni perfettamente naturali a proposito dei rapporti tra i due sessi. Inoltre, queste stesse colonne portanti della società mi hanno parlato di James Joyce, roteando gli occhi. Derivava dal diletto spirituale che provocava in loro un certo personaggio di "Ulisse": un signore che si sazia più o meno aromaticamente aspirando con le narici, in un gabinetto, l'odore degli escrementi che ha defecato il minuto prima.
Ma James Joyce è inglese. James Joyce non è stato tradotto in spagnolo, ed è di buon gusto riempirsi la bocca parlando di lui. Il giorno che James Joyce sarà alla portata di tutte le borse, le colonne della società si inventeranno un nuovo idolo che sarà letto da una mezza dozzina di iniziati.
In realtà, non si sa che pensare della gente. Se sia idiota sul serio, o se prenda a cuore la rozza commedia che recita a tutte le ore del giorno e della notte.
In qualche modo, come primo provvedimento, mi sono deciso a non inviare nessuna mia opera alla sezione della critica letteraria dei giornali. A quale scopo? Perché un signore solenne e indaffarato, tra una telefonata e l'altra, scriva all'attenzione dell'onorata società:
“Il signor Roberto Arlt si ostina a restare ancorato ad un realismo di pessimo gusto, ecc., ecc.”?
No, no e no.
Sono passati questi tempi. Il futuro è nostro: per prepotenza di lavoro. Creeremo la nostra letteratura, non conversando continuamente di letteratura, ma scrivendo in orgogliosa solitudine libri che avranno la violenza di un "cross" portato alla mandibola. Sì, un libro dopo l'altro, e "che gli eunuchi sbuffino".
L'avvenire è trionfalmente nostro.
Ce lo siamo guadagnato col sudore dell'inchiostro e digrignando i denti, davanti all'“Underwood”, su cui battevamo con mani stanche, ora dopo ora, ora dopo ora. A volte la testa ci crollava dalla stanchezza, però... mentre scrivo queste righe, penso al mio prossimo romanzo. Si intitolerà "L'amore stregone" ed uscirà ad agosto del 1932.
E ora, la parola al futuro.

Roberto Arlt

martedì 21 giugno 2011

una psicología de barbero y tenor de opereta

- (...) ¿sabe ahora lo que nos hace falta? Es descubrir un símbolo vulgar para entusiasmar al populacho... 
- Lucifer.
- No, ése es un símbolo místico... intelectual... Hay que descubrir algo grosero y estúpido... algo que entre por los sentidos de la multitud como la camisa negra... Ese diablo ha tenido talento. Descubrió que la psicología del pueblo italiano era una psicología de barbero y tenor de opereta... En fin, veremos, ya tengo pensada una jerarquía, algo interesante... lo hablaremos otro día... puede que resulte...

Roberto Arlt, Los siete locos

- (...) sa che cosa ci vorrebbe ora? Trovare un simbolo volgare che entusiasmi il volgo...
- Lucifero.
- No, quello è un simbolo mistico... intellettuale... Bisogna trovare qualcosa di grossolano e stupido... qualcosa che entri nell'animo della massa come la camicia nera... Quel diavolo ha avuto talento. Ha scoperto che la psicologia del popolo italiano era una psicologia da barbieri e da tenori di operetta... Infine, vedremo, ho già pensato ad una gerarchia, qualcosa di interessante... ne parleremo un altro giorno... potrebbe funzionare...